Cubetazo de agua

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Cubetazo de agua

En una época fui ciclista y pertenecía a un equipo de ciclismo. Debo aclarar que no era exactamente de los que siempre estaba en el podium recibiendo medallas ni tomandose fotos, pero por lo menos me aseguraba de llegar a la meta.

De las cosas más lindas de estas competencias es ver cómo la gente de los pueblos sale a gritar, dar ánimo y lo mejor del mundo: echar agua a los ciclistas para refrescarse y beberla. Después de pedalear en el sol, sudado y bien caliente, que se aparezca alguien con un jarrito de agua recién sacado del río y echarlo en mi cabeza y mi espalda, eso no tiene precio ni madre. Cada vez que alguien hacía eso me daban ganas de abandonar la competencia, pararme y empezar a besar esa persona sin importar color, sexo o raza.

En una ocasión tuvimos una competencia en San Cristóbal, haciendo un circuito que entraba por unas calles del pueblo, salía a la autopista 6 de noviembre y luego volvía al pueblo. Pleno verano, el sol en su máxima expresión, ese asfalto estaba tan caliente que si me porto mal y voy al infierno, ya se lo que me toca.

Los ciclistas que van delante reciben buena cantidad de agua, los que vienen detrás, como casi siempre era mi caso, reciben el poquito de agua que queda antes de ellos volver a rellenar los jarros. Con ese calor, ese poquito de agua era como salpicarle agua a un sartén caliente, el agua desapareció al instante de mi cuerpo en forma de vapor.

Para la segunda vuelta siento como los pedazos de cuerpo se van derritiendo y quedando pegados al asfalto. Para preparar entonces una buena dosis de agua refrescante, veo una señora con cara muy noble y le grito desde lejos: “mi Doña, prepáreme una buena cantidad de agua para la próxima vuelta, la estoy necesitando con urgencia”. No se si ella nunca había visto una cara tan desesperada, colorada y cansada como la mía, o probablemente ella nunca le habían hecho un encargo, pero esa señora puso una cara de felicidad e importancia al mismo tiempo, y ella tomó ese encargo para si, como si un presidente le hubiese entregado el manejo del estado en situaciones de emergencia. Esa señora infló el pecho, y sintiendo que mi vida dependía de esa agua, salió un busca de la cubeta más grande que había probablemente en todo el sur del país.

Cuando viene la próxima vuelta, que era la última, voy a doblar desde la 6 de noviembre a la avenida que regresa al pueblo. Veo a lo lejos la sombra donde están colocadas las personas que están animando. Distingo a mi Doña, pero noto algo diferente en ella. Tenía un cuadre como un guerrero samuray, y en el piso una cubeta que parece un contenedor de la CAASD. Ella toma su cubeta y con cara de furia se prepara a echar el cubetazo de agua más grande que se haya echado en la historia de la humanidad. En los 2 segundos que tengo antes de recibir el cubetazo solo me dio tiempo de decir “Noooooooo!!!!!!”, vi en el aire una masa de agua dirigida hacia mi pecho y mi estómago, y recibí un vejigazo de agua que se me fue cada centímetro cúbico de aire que tenía adentro.

La bicicleta se tambaleó. Yo dejé de pedalear pero la bicicleta siguió porque era una bajadita, y me único movimiento era el de tratar de regresar todo el aire que me sacó el cubetazo de agua.

A todo lo largo de la bajada fui haciendo un sonido extraño para recuperar el aire, que seguro algún animal exótico africano debe sonar parecido. Iba dejando más agua en la carretera que un camión de agua con la llave abierta. Llegué a la meta, y me tiré en el piso para respirar el cubetazo que todavía lo tenía en el alma.

Desde ese día tengo un trauma y para pedirle agua a alguien lo pienso como veinte veces.

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