Don Francisco

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Don Francisco

En mi casa se veía sagradamente todos los sábados a Don Francisco y todos los domingos El Gordo de la Semana. Todos nos hicimos fans a la mala, pues el que le quitara uno de esos programa a mi abuela, atentaba seriamente contra su seguridad, equilibrio y salud mental.

Venía a nuestra casa todos los fines de semana. Llegaba a eso de las cuatro o 5 de la tarde del sábado, y todo el mundo muy emocionado recibiendo a la abuela y la familia conversando y todo iba muy bien, pero cual vampiro u hombre lobo, desde que caía la noche, se transformaba mi abuela en espectador obligatorio del chileno radicado en Miami, rey de todas las señoras mayores que tengan un control remoto en la mano. Aprovechaba los anuncios para irse a preparar una rápida cena que dejaba por mitad porque luego volvía el programa.

En los próximos anuncios ella terminaba su cena y en el próximo bloque cenaba frente al televisor. En los siguientes anuncios fregaba lo que había usado, para volver al televisor y no se paraba hasta que teminara.

Cuántas veces vimos las conversaciones de Don Francisco con los niños, al Chacal con los cantantes malos (recuerdo una vez que fue un cantante con las letras escritas en las manos como “chivo”), los concursos donde una vez una señora mayor ganó como cinco mil dólares y brincó que pensé que la iban a poner de castigo en el geriátrico. Todos los artistas invitados, donde creo que vi por primera vez a Julio Sabala, etc.

Un día tuve la osadía siendo niño de insistir en ver Superman IV, que ya había visto 45 veces, pero niño al fin quería verla por cuadragésima sexta vez. Digo la osadía porque dicha película coincidía en horario con “El Papi de las doñas en versión sabatina”: Don Francisco.

No me había dado cuenta de la inteligencia de mi abuela hasta ese momento. Cuando le dije que quería ver una película y que si por favor podía cambiar a Don Francisco, me entregó el control remoto sin ningún tipo de objeción. Solo me miró, hizo una pausa de 2 segundos, me pasó el control, puse mi película y ella se puso a verla conmigo.

Tres minutos en la película, mi mamá, mi abuela y yo frente al televisor, y le dice mi abuela a mi madre: – Cuánto exageran las películas de ahora. Mi madre responde: – Ay si, yo no se en qué mundo la gente se está criando. Mi abuela corrobora: – Entonces con tanta violencia, y al mismo tiempo con tantas escenas tan imbéciles. Mi madre aporta: – Y eso es lo que los niños están aprendiendo, la violencia. Por eso es que los niños son todos unos locos que andan por la calle sin ningún tipo de control. Mi abuela se sorprende: – Mira, mira, mira que cosa tan exagerada y tan idiota.

En ese momento yo me paro, le entrego el control a mi abuela, me voy a mi habitación gritando todas las malas palabras, san antonios y maldiciones que pudiera decir un niño antes de que le partan la boca, por boca sucia; me tranqué en mi habitación con toda la rabia del mundo con un buen estrallón de puerta mientras gritaba que en esta casa uno no puede ver lo que quiere y siempre tienen que criticar lo que uno ve. Mi abuela con tono extrañada dijo que esa es la violencia que estos jóvenes aprenden, puso Don Francisco, lo vió hasta el final, y creo que esa fue la última vez que alguien trató de pedirle que cambiara a Don Francisco.

Es brillante mi abuela, con mi interrupción no se perdió ni 5 minutos de programa.

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