La mochila rosada de Batman

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La mochila rosada de Batman

Es época de navidad. Época de salir a comprar regalos. Época de regocijo, de amor, de llegar a las tiendas y decir: “El diablo esto si está caro. A fulanito le voy a regalar una linda tarjeta y le daré un fuerte abrazo”.

Es época de alegría, donde se respira el espíritu navideña y todos en la calle al unísono dicen: “¿Y estos tapones? pero yo si soy idiota, otra vez dejé la compradera de regalos para último”.

Las cenas el veinticuatro en la noche es donde tengo los mejores recuerdos. Lo que más disfruté con mi familia. El compartir con mis padres y hermanos, tíos, primos y mi abuela, son los mejores recuerdos, son navidades insustituibles. Los quiero mucho a todos.

Les voy a contar una historia de una de esas noches en que pasó un episodio muy gracioso conmigo en noche buena. Que conste que yo no tengo muchos recuerdos de este momento, sino que tuve que preguntarle a mis mayores para que me recordaran lo que pasó, pues yo tenía unos cuatro años.

Nuestra familia repartía regalos en la noche del veinticuatro y yo, el más pequeño entre los 5 hermanos y primos, estoy abriendo mis regalos a una velocidad impresionante, con una emoción desbordante, la cual fue bruscamente interrumpida al ver el regalo que estaba abriendo en ese momento: Una mochila para la escuela, con un dibujo chulísimo de Batman. Hasta ahí todo va bien.

Con esa descripción, no hay razón para que un niño baje su emoción. Sin embargo el cuerpo de la mochila era rosado. Yo un varoncito que privaba en machito imaginarme con una mochila con colores rosados era imposible. Agarré la mochila con mis dos dedos índices y mis dos pulgares, y mantuve levantados los otros seis dedos, como si la mochila estuviera infectada o sucia. Me quedé mirándola por varios segundos en seriedad total.

El problema de ser un niño pequeño, es que por más educación que te enseñen, algunas conceptos de la decencia no pueden ser razonados aún. Un par de años después hubiese dicho: “ay muchas gracias”, y la hubiese ido a cambiar luego, como uno hace con montón de regalos. Pero con tan pocos años el filtro no está bien desarrollado aún. Mi pobre Tía que con tanto amor me regaló la mochila, sufrió las consecuencias de un niño sin filtro. Ella sabe que la quiero y la adoro pero en ese momento ese no era yo.

Dejé de mirar la mochila en silencio y seriedad y decidí abrir la boca: “¿y quién fue que me regaló esto?… La cagó!”. Hubo de todo en ese momento. Hubo gente que dijo: “ay pero y ¿cómo ese niño dice eso?”, hubo gente que trató de mostrarme las ventajas de la mochila: “mira Carlitos, tiene a Batman, vas a andar con Batman en el colegio”, hubo otros que se taparon la cara para disimular un poco la risa, y hubo otros como mi padre que se echó hacia adelante y casi deja caer el trago del ataque de risa.

En una cometieron el error de preguntar: “¿porqué no te gusta la mochila?”, yo le respondí: “deja que me monte en el bus de la escuela, todo el mundo va a decir ¨Ahí viene el pajarito de la mochila rosada¨”. A mi Papá le iba a dar algo malo, lo juro que le iba a dar algo.

Yo seguía con mi cara seria, nada contento.

Honestamente no recuerdo qué pasó con la mochila, lo que si se es que no la usé ni una sola vez.

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