Quemón a la China

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Quemón a la China

Caminaba por San Carlos, entre las calles 16 de Agosto y Emilio Prud´Homme. Debía ser en la Calle Imbert o en la Benito González. Voy a girar a la derecha y en la esquina había uno de esos sitios viejos de comida que hay por esa zona, que tienen puertas en ambas calles. Las puertas estaba abiertas y era como una invitación a tomar el atajo. ¿Porqué tomar la acera completa si puedo cortar entrando por una puerta del restaurante y saliendo por la otra? Después de todo la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta que los une.

Era un restaurante chino, que solo tienen chinos. Ninguna otra nacionalidad pasa eso. Tenemos restaurantes mexicanos que los dueños pueden ser de Gazcue, Naco o Arroyo Hondo. Tenemos restaurantes italianos cuyos dueños probablemente no han pisado nunca Italia, solo han comido pasta y saben decir “Bongiornio”, pero los dueños de restaurantes chinos vienen de Hong Kong o Shangai, y probablemente después de 20 años en el país solo saben suficiente español para comunicarse con los que venden comida en el mercado.

Estos locales están todos uno o dos peldaños encima de la acera. Voy caminando a una velocidad probablemente poco más alta que la promedio. Podría decirse que “de prisa”. Subo mi peldaño y me encuentro de frente con el trasero de una china que estaba agachada exprimiendo el suape con el que limpiaba. Entre ella y la puerta abierta hay poco espacio, pienso que suficiente para yo pasar con solo sumir un poco la barriga y ponerme de lado. Hice mal ese cálculo. Había menos espacio.

Solo fueron fracciones de segundos que tomó pasar por mi cabeza todos los pensamientos que les voy a describir: “Wuao me equivoqué. No quepo. Ya no puedo echar para atrás. Si echo para atrás es peor. Ahí si voy a verme como un pervertido. Solo entré, la quemé y me voy. Si sumás todo eso da “perro” por todos lados. ¿Qué hago? Sigo o me quedo. Si me quedo es peor, se ve que estoy gozando. Si sigo a lo mejor se ve que estoy de prisa simplemente. Es lo que mejor puede verme como inocente. Pero debe ser rápido, lento también se ve que estoy gozando. Debe ser como quitarse una curita. Rápido y de un tiro”.

Nunca había visto a alguien enderezarse tan rápido en su vida. A los que piensen que los ojos “achinados” son menos expresivos se equivocó medio a medio. Esa señora me mató con la mirada y me largó una caterba de palabras en chino, que estoy seguro que cada una de ellas estaba en la lista de las 100 peores groserías de la lengua mandarín. No entendí ni una, pero estoy seguro que por cada una de ellas hay niños en China ahora mismo recibiendo galletas y tapa bocas y luego le dicen en mandarín “eso no se dice, vaya y lávese la boca con jabón”.

Yo no sabía qué hacer. No sabía qué responderle, no sabía si responderle, no sabía en qué idioma hacerlo. Comencé a hacer señas y gestos con mi cara y mis manos queriendo decir que lo lamentaba, que fue sin querer. Seguí caminando de espaldas a la otra puerta, y todo el tiempo haciendo señas como un estúpido. Era lo único que podía hacer.

Finalmente salí y tripliqué la velocidad a la que caminaba, pero ahora agarrándome la cabeza con ambas manos. Fue una de las situaciones más vergonzosas de mi vida, y literalmente me la pusieron en China. Mejor dicho en chino.

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